Cada mañana comienza con el ordeño fresco, cuya leche es inmediatamente filtrada para garantizar su pureza. Esta leche, aún tibia y llena de promesas, es trasladada a una cuba donde se le añaden fermentos lácticos naturales y extracto de cuajo, seleccionados meticulosamente para desarrollar los sabores característicos de nuestros quesos.

Con precisión, la leche cuajada es cuidadosamente cortada con una lira, permitiendo que se liberen los sueros mientras la cuajada comienza a solidificarse sutilmente. Este paso es seguido de un breve reposo, esencial para alcanzar la consistencia deseada.

Acto seguido, la cuajada se moldea manualmente usando coladores especiales, lo que asegura que cada queso conserve su forma y textura únicas. Sin la aplicación de presiones externas, los quesos son prensados bajo su propio peso, honrando el método tradicional y evitando alteraciones en su estructura natural.

Una vez formados, los quesos son salados a mano con sal de mar, una técnica que intensifica gradualmente su sabor mientras preserva su textura. Posteriormente, los quesos reposan en nuestra sala de oreo, donde se desueran al ritmo pausado que dictan los días, adquiriendo poco a poco su carácter distintivo.

El proceso culmina en la cava de maduración, donde los quesos descansan sobre estanterías de madera natural, afinando sus aromas y sabores en un ambiente controlado. Cuando alcanzan su punto óptimo de madurez, los quesos se envasan al natural o se cubren de pétalos flores o especias como jara de Los Navalucillos, pimentón De la Vera o hierbas aromáticas.
